De discípulos y amigos

Cuentan los que están, aquellos que son amigos y se acuerdan de tí y tú de ellos. Cuentan los que comparten contigo sus alegrías, matrimonio, hijos, trabajo... Cuentan los que han acampado en tu corazón y han abierto el suyo para ti.

Cuentan también los que han marchado con el Padre Eterno. Los que sembraron en tí y se dejaron fertilizar por tus ideas.

Esos son los que cuentan, a todos ellos, gracias.
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De maestros

Pocas veces el discípulo está el tiempo suficiente junto al maestro para oir de boca de éste elogios sobre su persona. Esta semana me ha ocurrido a mí y me quedé realmente sorprendido. Gracias, Vicente.
Atención, he esperado más de 25 años.
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Los illuminati

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Canción Vieja



Soneto 70

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EPIGRAMA de Ernesto Cardenal

Al perderte yo a ti,

tú y yo hemos perdido:

yo, porque tú eras

lo que yo más amaba,

y tú, porque yo era

el que te amaba más.

(sólo cito los versos con los que estoy de acuerdo)
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Geografía del sufrimiento

Bebe una y otra vez, intentando inútilmente ahogar su dolor. El recuerdo le martillea intensamente. Odio y amor se entremezclan en sus sienes: "¡Cómo la odio! Esa hijaputa, no soporto vivir sin ella". Se tortura, la sabe gozando con otro que oirá sus gemidos, que la poseerá. Aferra la copa sobre la barra y levanta la cabeza, el espejo del bar le devuelve su mirada vidriosa; el vaso estalla y esparce vidrios sanguinolentos por doquier. Mira sus manos heridas y se va extrayendo los cristales mientras se encamina torpemente hacia su casa. Intenta comer algo y vomita; arroja la bandeja con la cena intacta a la basura.

Mdongo continúa andando, son ya tres días de marcha sostenido a duras penas por puñados de hierba seca que le producen retortijones y dolores sin cuenta. Mdongo lo soporta estoicamente. La sequía se ha prolongado este año y los elefantes arrasaron los pastos antes de emigrar, acabando con la caza. Piensa en su tribu, donde los niños lloran de hambre con las barrigas hinchadas; para engañar el hambre las mujeres mastican corteza de los árboles y se la dan a chupar. Sacude la cabeza para alejar tristes pensamientos que atraigan a los malos espíritus, bastantes tiene ya su tribu.

Jorge se despierta al día siguiente. "No trabajo hoy", decide con la cabeza hundida en la almohada. Ella es el primer pensamiento que le recibe. Salta de la cama y se ducha para alejar las pesadillas. Toma apenas una taza de café y remueve con el tenedor los huevos revueltos antes de abandonarlos. "No puedo comer. ¡Maldita sea, no aguanto tanto dolor!". Sale a la calle donde fuma cigarro tras cigarro; sus pasos le llevan frente a la calle de ella. Mira la ventana intentando adivinar si está. Finalmente llama al portero automático. Nadie le responde pero observa un nuevo nombre junto al de ella, "José Salvador". La cólera le inflama, no por injusta menos dolorosa. Hunde las manos en los pantalones y maldice su suerte: "¡Mierda! Me cambiaba por cualquier otro a ver como lo pasaba en mi lugar". Jorge se aleja pasando entre señoras con la compra, bullangueros estudiantes y parejas; el cielo se oscurece y los truenos indican tormenta. "Ojalá fuera cualquier otro, ojalá no la hubiese conocido nunca".

Mdongo se detiene, sobre la tierra cuarteada aprecia un rastro. Sonríe de satisfacción, por primera vez en semanas. Un antílope sería la solución para todos, tendría que acarrearlo mucha distancia pero se imagina con gusto los gritos de alegría con que sería recibido. Un animal más pequeño sólo le daría fuerzas para continuar su angustiosa búsqueda. "No, sólo un antílope dejaría este rastro". Aprieta la lanza con fuerza y sigue ágil la pista hasta encontrar una gacela que araña con las pezuñas el cauce seco del río. Se sitúa sigiloso contra el viento y avanza pausadamente. Las piernas le fallan cuando siente tras él un aliento fétido y cálido; se vuelve despacio, una leona le mira. Mdongo sabe que hoy la presa no será la gacela, su pista ha servido para reunirle con la fiera hambrienta que busca lo mismo que él. El miedo deja lugar a la resignación. Mdongo se encoge dejando caer la inútil lanza y agradece a sus antepasados y dioses ancestrales el haberle dejado vivir más tiempo que a sus padres, a quiénes apenas conoció.

* * *

En un universo, en éste, Mdongo muere bajo las garras del felino mientras Jorge sigue paseando su desgracia, sintiéndose el hombre más sufrido del mundo. En otro universo más justo, la tormenta que abandonó Africa estalla sobre Jorge y hace realidad su deseo de cambiarse; Mdongo aparece estupefacto en la ciudad y Jorge muere viendo como la leona devora su nuevo y huesudo cuerpo negro, con apenas un segundo para comprender. En cualquier universo, en éste o aquél, Jorge y ella son unos imbéciles, excedentes de una cultura hedonista; Mdongo es generoso, necesario.

Miro a mi alrededor y veo todo lleno de Jorges por doquier, en las calles, llenando coches, oficinas y bares, Jorges en el metro, en mi casa y en mi espejo.
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Cuerda de presos


Tomás Salvador fue un magnífico novelista español. Libros como Las compañías blancas, División 250 o Cuerda de presos dan fe de ello. Este último citado lo llevó al cine Pedro Lazaga en 1955. Una película magnífica que narra el largo viaje andando, de León a Vitoria, de dos guardias civiles con un preso, Fernando Sancho, que bordó este papel. Una escena magnífica cuando se afeita con una vela, dado que no le dejan una navaja. ¡Vuelve el hombre! (y apesta). Todos los personajes están profundamente retratados y el autor hace que nos encariñemos con los tres, no así con el juez frío y lejano. La acción la sitúa el autor a finales del siglo XIX para poder criticar la justicia y el duro régimen a que sometían a los guardias civiles y la hombría ruda y sin paliativos de los críminales rurales.
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