En nombre del Senado

Para muestra, un botón. El Senado español tiene traductores de catalán, gallego, valenciano y patúa (vasco inventado). Los de gallego llevan siete meses sin traducir nada ni a nadie. La de valenciano ayuda a los de catalán porque tampoco tiene mucho trabajo. El caso es que muchos son de fuera y cobran dietas, alojamiento y comida cada vez que tienen que venir a hacer algo o a no hacer nada. 
Cada sesión nos cuesta a los españoles más de seis mil euros. Dietas, pago de traducciones y pasar luego por escrito las intervenciones. Además de lo que se gastaron en pinganillos y en instalar el sistema de comunicaciones en cada escaño. Si fuera la ONU tendría sentido pero todos los senadores hablan un idioma común. El gasto es superfluo e impuesto por los secesionistas. 
A eso se suma que el restaurante del senado es de cuatro tenedores y ofrece un menú de diez euros, lo que falta por pagar se abona también con los impuestos crecientes de los españoles. Añadan piscina y gimnasio en esa institución inútil y onerosa. No hay dinero para los ancianos, los enfermos, los estudiantes pero sí para gastarlo en tonterías.
Delenda est Senatus 
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Legio, patria nostra

Melilla, ocupación de RAS-MEDUA, el Padre Revilla con el crucifijo en una mano y una Bandera del tercio en la otra, avanza con los primeros legionarios y llega con ellos a los restos del fortín de RAS-MEDUA.-




Un sargento caballero legionario portugués, se despide de España tras finalizar la campaña de Marruecos, antes de regresar a su país. En su pecho luce la medalla Militar Individual y en su brazo un ángulo de herida de guerra y una Laureada Colectiva. Tenía bien ganados sus galones.


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Reuniones, un manual


Gustavo Morales               

Las reuniones son un instrumento de organización y de integración del equipo. Las reuniones dentro de la organización suponen una gran parte del tiempo de actividad, así como la base precedente y necesaria de la acción coordinada. Sin embargo, pese a su necesidad, las reuniones suponen una indudable pérdida de tiempo y resultan ineficaces por diferentes factores si no se hacen con método.

Reuniones y tiempo

La eficacia de una reunión no depende de la abundancia de tiempo sino del uso que se hace del mismo. Las reuniones han de comenzar a la hora a que han sido convocadas. El goteo, gente llegando a diversas horas, es típico de las tertulias, no de las reuniones. Se abren puntualmente aunque sólo haya un asistente.
                Es importante señalar a qué hora empieza la reunión y a qué hora termina. Más allá de una hora y media de duración, debilita la concentración de los asistentes, que cae vertiginosamente al cabo de dos horas.

Malas reuniones.

Una reunión mal organizada o mal llevada suele dar lugar a alguno de los siguientes síndromes que la hacen totalmente ineficaz.

- Síndrome del brasero: Mucha gente es convocada para llenar sillas y dar un falso aspecto de grupo masivo. Para evitar asistencias multitudinarias, con el consiguiente déficit de atención es necesario determinar quién es verdaderamente necesario en la reunión para el tema de que se va a tratar y quién sobra.

- Síndrome de la telaraña: Por falta de liderazgo efectivo o por la tendencia españolísima a la tertulia, las reuniones se pierden en asuntos irrelevantes y se convierten en una charla sin tema central definido. El convocante debe evitar cualquier tema que distraiga la atención del motivo concreto de la reunión. Si tenemos que realizar, las mismas personas, reuniones sobre distintos temas, se pueden englobar en un solo encuentro que no dure más de dos horas, tiempo máximo que se puede mantener la atención de los asistentes.

- La noria: A menudo, al finalizar la reunión, no se ha llegado a ninguna conclusión. Es necesario acostumbrarse a definir las propuestas por escrito y comprobar la utilidad de la reunión, resumiendo en voz alta cuáles han sido los problemas enfrentados y cuáles las soluciones aportadas por los asistentes.

- El goteo: Muchas reuniones se interrumpen constantemente por llamadas desde el exterior a algunas personas o por la llegada demorada de otras, rompiendo la concentración en torno al tema a tratar. Hay que buscar una hora tranquila y, tras un margen de cortesía de 15 minutos, cerrar la puerta a cal y canto dejando en el exterior de ésta una nota imperativa: "Reunión, no molestar excepto en caso de incendio". Por supuesto, los teléfonos móviles apagados.

¿Qué hacer? 

Cuando confiamos una tarea a una persona o grupo, debemos facilitar todos los antecedentes de la misma necesarios para su análisis y ejecución, así como una relación de contactos que puedan resultar útiles. El jefe debe también asesorar con un esquema o plan de trabajo. Es importante hacer llegar, con tiempo, el orden del día de lo que se va a tratar en la reunión para que los convocados vengan ya preparados y no se lleven sorpresas. El orden del día puede tener tantos puntos como queramos pero pierde operatividad a partir de los seis asuntos.

1.- Ir al grano: No intentes evadir el problema fundamental. Ve directamente al objetivo de la reunión o entrevista sin perder tiempo. Cuando el motivo es echar una bronca, evita los prólogos, sólo sirven para incrementar la tensión.

2.- Describir correctamente la situación: Concretar y evitar los juicios de valor. Exponer la línea fundamental y los factores que la atañen de mayor a menor.

3.- Escuchar: Anima al militante a exponer su visión del caso, eso le aportará datos adicionales sobre el tema y servirá para que los presentes reflexionen sobre las circunstancias. Haz preguntas abiertas. Mejor que "¿te gusta el nuevo sistema que usamos" es preguntar "¿qué piensas del nuevo sistema?". No interrumpas a quien habla excepto si se aleja del tema tratado.

4.- Consenso sobre la causa y búsqueda de la solución: Si los militantes aceptan que existe un problema o una necesidad de actuación, la mitad del trabajo está hecho. La falta de motivación se corrige haciendo la tarea más estimulante. Una bronca separa a los interlocutores, la invitación a participar en la búsqueda de la solución elimina cualquier resistencia.

5.- Hacer un resumen: Al finalizar la reunión, pide a algún asistente que haga una sinopsis de la misma para lograr una coincidencia total en los asuntos tratados. Si el problema persiste, las reuniones anteriores fueron un fracaso, analízalas y corrige las causas que dieron lugar a la ineficacia en la resolución. Es importante que los responsables sepan impartir las instrucciones correctamente. Es decir, hay que ser prácticos y eficaces.

Capítulo 7 del Manual para rebeldes de Gustavo Morales
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Dos de mayo, España toma conciencia

Gustavo Morales

Hace doscientos años el pueblo español entró en la arena pública y se hizo protagonista de su destino. Mientras la mayor parte de la clase dirigente nacional se rendía ante Napoleón, los españoles: majas, aguadores, herreros, campesinos, soldados, etc. proclamaron su derecho a elegir su nación y su gobierno. El grito de “vivan las cadenas” como, más tarde, el unamuniano “que inventen ellos”, no es sino la expresión de la rebeldía ante las imposiciones que llegaban desde Francia, basadas en las bocas de los cañones y en el filo de las bayonetas. Fernando VII no era digno de ese esfuerzo ni de ese sacrificio pero España sí. La nación ocupó, de una vez por todas, el lugar de la lealtad al señor natural.
El ejército francés no traía  igualdad, fraternidad ni libertad,  presuntos ideales jacobinos, sino arrogancia y dominio. Estaba mandado por un emperador despótico, embriagado por sus éxitos militares, tanto reales como inventados por una prensa que controlaba magistralmente.
El alzamiento en la capital prendió en toda España. Lo iniciaron dos mil madrileños, como las señoras Malasaña y Clara del Rey, y 71 militares, de los que tenían la máxima graduación los capitanes Daoiz y Velarde. El pueblo español ofreció un modelo, en palabras de Chateaubriand, a una Europa pusilánime que, siguiendo el ejemplo español, enfrentó al emperador Bonaparte con un enemigo más poderoso que los reyes: la nación, que en 1808 comienza su alzamiento en España. El dos de mayo de 1808 el pueblo español entró en política para no irse de ella jamás.

Dos de mayo

Goya nos dejó prueba gráfica de aquel día de mayo. Podemos ver a los mamelucos cargando contra un pueblo que se defiende con cuanto tiene a mano. Inspiraron  a Unamuno para aconsejar: “id contra ellos con hoces, con palos, con piedras. No razonéis con sus razones, porque si lo hacéis estáis perdidos”. A los centenares de muertos en las luchas callejeras se suman los fusilados el tres de mayo. En Los emblemas de la razón, Jean Starobinski ofrece una interpretación del cuadro de Goya sobre los fusilamientos del Tres de Mayo. En cuanto explica que Goya presenta a los condenados como masa anónima, sólo destaca el grito del hombre con la camisa blanca, a punto de ser masacrada en un acto de barbarie, por añadidura racional en su forma de organización. El cuadro enfrenta un grupo desordenado frente al orden perfecto del pelotón de fusilamiento francés.
El 2 de mayo Madrid no superaba los 160.000 habitantes y el ejército español lo formaban no más de 9.000 soldados. El ejército francés en Madrid por el contrario encuadraba a 10.000 soldados asentados en la capital y unos 2.000 mas pululando por los alrededores. De ellos, más de 3.000 eran veteranos curtidos de la Guardia Imperial.
Hoy nos dicen que los rebeldes patriotas de ese día eran, en un 45 por ciento, asalariados; otro 27% fueron funcionarios; los militares apenas llegaron al 15%.

Madrid

En febrero de 1808 había ya en la Península Ibérica 70.000 soldados franceses. Era ya evidente que no se dirigían exclusivamente a Portugal y que España estaba siendo ocupada. En marzo, diversos incidentes entre los invasores y los españoles dejan un saldo de tres soldados galos muertos y otros tantos heridos.
Los incidentes se suceden. En la calle un soldado francés es rodeado y reducido por un pequeño grupo en la Plaza de la Armería, pero una avanzadilla francesa impidió que pasara a mayores. La noticia corrió como la pólvora, y el pueblo estaba decidido a levantarse. La ira, la cólera, se desató, todo el pueblo acudió a la calle Nueva arrojándose sobre los artilleros franceses entre los ya heridos y moribundos. “Armas” “Armas” resonaba en las calles, cualquier herramienta sacada de las cocinas o de las herrerías valía para luchar.
La insurrección empezó a ser un hecho, San Justo, la Plazuela de la Villa, … en la cava de San Miguel se luchaba contra un grupo de soldados franceses; en torno de la Puerta del Sol un grupo apostado en la esquina del callejón de la Chamberga se enfrenta a la soberbia caballería napoleónica, una maja cayó con la cabeza abierta por un sablazo; la villanía espoleó el coraje de los hombres. Los soldados extranjeros intentan violar a Manuela Malasaña, una costurera de 15 años, la moza se defiende con furia y con unas tijeras. Es asesinada en plena calle.
En la Puerta del Sol hombres y mujeres luchaban contra los coraceros, varios fusiles van a parar a las manos del pueblo de Madrid, por la calle Mayor ya no se veía un francés, “Han huido, no ha quedado ni uno para simiente de rábanos”  gritan los rebeldes hasta que escuchan el ruido de tambores y cornetas y las pisadas de caballos imperiales. Todas las divisiones y cuerpos del ejército francés estaban allí, eran los infantes, artilleros y jinetes de Austerlitz, Montera, Carretas, la carrera de San Jerónimo, la Puerta del Sol. Los mamelucos, la guardia pretoriana francesa, actuó sin piedad, la lucha desigual duró hasta la madrugada. Lamentos, gritos, hombres, mujeres y niños,… Hasta Neptuno contempló los fogonazos que iluminaron aquella noche.
En Móstoles los alcaldes firmaban un manifiesto de lucha contra los franceses. La pluma era ilustrada: “Españoles, la Patria está en peligro, acudid y salvadla”
Las noticias se extendieron el mismo día por Extremadura, Andalucía,… y todos los españoles se alzaron contra la invasión siguiendo a sus compatriotas de Madrid que han encendido la llama de la insurrección.
El 3 de mayo, centenares de sublevados fueron fusilados, arcabuceados y quemados tras haber sufrido tortura y ser condenados a muerte, todo en una noche. El Cuartel de la Montaña, el Cerro del Príncipe Pío y la Casa de Correos de la Puerta del Sol son testigos. La guerra de la independencia había comenzado.
Nadie lo cuenta mejor que Galdós. Escribe éste un párrafo sintético de la jornada del 2 mayo de 1808: "...advertí que la multitud aumentaba, apretándose más. Componíanla personas de uno y otro sexo y de todas las clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial y resuenan de improviso en los oídos de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración. La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante ritmo y raras veces presenta la Historia ejemplos como aquél, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y, por tanto, una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos. El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo."

Los días después

El 10 de mayo el Diario de Madrid, periódico afrancesado, defiende “la integridad e independencia de la nación”, aun justificando la voluntad imperial. Esas dos ideas reaparecen en artículos y manifiestos de uno y otro bando.
El 6 de junio de 1808, la Junta Suprema de Sevilla se dirige a Napoleón exigiéndole la restitución a España de la familia real, y que “respete los derechos sagrados de la Nación, que ha violado, y su libertad, integridad e independencia”.
La rebelión no la asumen unas instituciones reales sumisas a los dictados del invasor. García de Cortazar describe un ejército acuartelado, que abandona a los pocos oficiales unidos al arrebato pasional de los madrileños, una larga nómina de gente letrada que confía en las tropas imperiales y en un rey de dinastía napoleónica para la prolongación del despotismo ilustrado, y una burocracia y unos monarcas entregados a Napoleón. El vacío institucional tras la rendición de los “poderes constituidos” ante el invasor facilitó la cristalización del protagonismo nacional, cuya soberanía nacional carecería de depositario institucional hasta Cádiz. En la constitución que allí elaboran, se proclama: “la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.
Muchos ilustrados españoles se unieron a ese pueblo en la lucha por la independencia: el conde de Toreno, Argüelles, Flórez Estrada, Muñoz Torrero, Martínez de la Rosa... Cádiz será la cima de esa nación, estrenando constitución. Juan Pérez Villamil escribía: “La nación española con esta gran turbación debe entrar en un nuevo ser político” mediante una Constitución que destierre “el monstruo del despotismo”, de acuerdo con el principio de que “los reyes son para el pueblo y no el pueblo para los reyes”.
 Recursos
 España en el siglo XVIII era un país relativamente rico, con mayores ingresos que la mayor parte de las naciones de Europa. De hecho, en los acercamientos y alianzas de los patriotas españoles a otros grupos nacionales antifranceses, tanto los austriacos como los prusianos pidieron dinero. Cuantos litigaron en la guerra de la Independencia de España mostraron sus ávidas apetencias por el imperio solar español.

Tropas

Francia llegó a tener cerca de 355.000 hombres en España, ya no bajó nunca de los 200.000. Muchos de ellos, eran veteranos de campañas anteriores, como los Mamelucos, los Coraceros y los granaderos de la Vieja Guardia. Las tropas españolas, por su lado, eran bisoñas en su mayor parte, compuesto el ejército regular por unos 150.000 hombres que fueron vapuleados por los veteranos franceses en distintas ocasiones pero esos españoles volvían de nuevo a combatir. Los guerrilleros españoles se situaban entre los 30.000 y los 50.000 hombres. El mantenimiento de unos y de otros quedó en manos del trigo castellano. Napoleón pensaba que sus ejércitos debían ser autosuficientes sobre el terreno. Esto provocó que muchas unidades francesas pasaran a comer media ración y no tuvieran calzado y ropa para reponer.
Desde el 2 de mayo al 19 de julio la resistencia patriota triunfa. El uno de agosto, el usurpador José I abandona Madrid. En otoño llega Napoleón en persona con un ejército enorme para conquistar la Península. Tras desbaratar a las tropas españolas en Burgos y Somosierra, el 4 de diciembre el emperador corso comienza a legislar la reforma en la línea que los ilustrados españoles llevaban pidiendo muchos años.
Será en Cádiz cuando una Constitución, la primera, la Pepa, recoja la soberanía nacional pero esa es ya otra historia.
En el destierro definitivo de Santa Elena Napoleón escribirá: “Los españoles se portaron como un hombre de honor, en masa”
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Let it be, mi general

Gustavo Morales

“Y todos llegan, borrachos y serenos, y en sus miradas al frente se pierde la historia de cada cual mientras la canción con que cortan el aire les hace uno. Y sonríen bajo los gritos cortos y secos que ordenan sus movimientos. Soñarán con bayonetas”,  escribí en mi diario cuando estuve en sus filas.
   Son herencia de una colonia tardía, del fin de un imperio. Soldados secos y duros. Temibles el siglo pasado y éste. Profesionales de la muerte del de enfrente. Les han entonado desde Celia Gámez a Mecano. Unidad reciente y legendaria. “Los novios de la muerte” les cantaron en un teatro y ellos lo hicieron un himno  con sus hazañas escritas a brochazos de poesía por Luys Santa Marina en Tras el águila del César.
   Son nietos de los Tercios y los conquistadores. Sus hombres combatieron por su nación,  y muchos no eran españoles por la sangre recibida sino por la derramada, en los límites de Europa: África y Rusia, sin pedir explicaciones, voluntarios permanentes.  La integración se había producido entre ellos medio siglo antes que se pusiera de moda en los cenáculos de Madrid y Barcelona.  Sus espíritus dicen cosas sobre la hermandad como “con el sagrado juramento de no abandonar a un hombre en el campo… acudirán todos y con razón, o sin ella, defenderán…”  Por cierto, nota: Lo de “o sin ella” lo quitó Franco. Y lo volvieron a poner.  Su fundador leyó el Bushido.
   Son orgullosos y altivos, tienen espíritu de cuerpo. Se estrenaron en Bosnia a su llegada con una pelea con soldados ingleses. Sus heridos se niegan a ser relevados en Afganistán. Hombres recios, golpes recios. Alguno, en general, no soporta su arrogancia y convierte sus ofensas en venganza. A lo que se presta gustoso el club jacobino.  Como no pueden destruir la necesidad de esa unidad para compromisos que el presente internacional ha revalidado,  en Congo, Bosnia, Iraq, Afganistán…  sus detractores -que también lo son de España- buscan la lenta decadencia de su identidad, una identidad necesaria porque el hábito sí hace al monje en cuanto al espíritu afecta. Lo que unos construyen con su sangre y sus vidas otros lo socaban con sus normas y papeles. No se alzan y van donde les mandan.
   Son guerreros y su peculiaridad la han ganado en combate, donde se forjan los espíritus de cuerpo. Son, mi general, legionarios. Déjelos serlo. Let it be.


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Levas

Gustavo Morales

Venimos por levas. No prometemos nada, no ofrecemos nada, no traemos privilegios ni favores. Venimos a por hombres con conciencia de serlo. Buscamos centinelas que vigilen, que garanticen el sueño tranquilo de los hombres y las mujeres de nuestra nación. No, no es nuestra tarea velar por los televisores o las lavadoras de nuestros compatriotas. Rechazamos el papel de ser guardia pretoriana de la paz embrutecida de hordas de niñatos borrachos que bucean en el fondo del vaso a la busca del sentido de sus vidas estériles. Pedimos centinelas, vigías que defiendan alegres y feroces la dignidad de los hombres y las tierras de España, hombres que garanticen en silencio que sus padres puedan andar por la calle con la cabeza en alto, a quienes sus madres miren con orgullo. Llamamos a las levas, centinelas que escruten nuestras fronteras para detener la invasión soterrada de culturas foráneas, del hegemonismo anglosajón, que formen un frente de apretadas filas ante los colonialistas de corbata y maletín, ante los becerros de oro, ante los ídolos de palacio y Visa oro. Entre el Cid y los banqueros, optamos clara y abiertamente por el Cid.
     Tampoco a tales centinelas les ofrecemos nada sino sacrificio. Sí, sacrificio, ¿cuánto tiempo hace que no oís esta palabra? Quienes vigilen el muro han de ser duros, muy duros; duros con su propia falta de fe, duros con sus tentaciones de dejarse llevar por una vida muelle, duros con la tendencia a sentirse superiores y con derechos de señor de horca y cuchillo. Duros con quien maltrata al débil, con quien humilla a la mujer, con quien embrutece al niño. A cambio sólo damos un hueco en nuestras filas, sin preguntar de dónde vienes ni quién eres.
     Cito a alquien que no era azul pero sí español, profundamente español:
"La muerte junto al fusil, antes de que se nos afrente, antes de que se nos humille, antes que se nos destierre y antes de que entre las cenizas que de nuestro pueblo queden, arrasadas sin remedio, gritemos amargamente: ¡Ay España de mi vida, ay España de mi muerte!".
     Pan para el cuerpo, imperio para el espíritu.
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La rebelión de las élites


Libros para no olvidar

Gustavo Morales

Christopher Lasch, La rebelión de las élites y la traición a la democracia, Paidos, Barcelona, 1996
Christopher Lasch, profesor de Harvard, reúne en este volumen una colección de ensayos que tiene el sugestivo subtítulo de “la traición a la democracia”. Comienza nuestro autor rindiendo un desusado, por foráneo, homenaje a la figura de Ortega y Gasset y reconociendo la influencia de La rebelión de las masas en la construcción de su tesis.
   En esta ocasión, defiende Lasch, no son las masas las que han perdido los ideales de convivencia nacional, de participación común en el gobierno de la polis y de defensa de la identidad nacional-cultural.
   Es decir, si antaño Ortega lamentaba que la irrupción de las masas en la Historia destruyera el espíritu aristocrático de servicio a los demás, nobleza obliga, Lasch destaca que hoy son esas masas las que mantienen los valores humanos mientras que las élites se han transmutado en representación viva del egoísmo y del sálvese quien pueda. La primera y brutal crisis económica del siglo XXI viene a subrayar el acierto de sus palabras.
   Lasch acusa a las élites, especialmente a las políticas y financieras, de tener más en común con magnates de otros países que con sus propios compatriotas. El autor dice que tienen conscientemente unas vidas similares los millonarios norteamericanos con los ricos japoneses que con sus conciudadanos pobres. El estilo de vida, ególatra y despectivo, de los ricos del mundo es idéntico: busca y obtiene la satisfacción inmediata de sus deseos materiales, es decir, comparten la misma ética que los delincuentes, los otros delincuentes, o sea.
   Mantiene que el pueblo, en este caso el norteamericano, tiene un concepto más claro, sólido e interiorizado de los valores nacionales comunes que los grupos dirigentes de la prensa, la política y la economía de los Estados Unidos.
   El autor destaca cómo los ideales que defienden en público las vanguardias dirigentes no son los mismos que aplican en sus vidas privadas. Esa pérdida de lazos nacionales implica una escasa tendencia a asumir la responsabilidad de sus actos públicos o a sacrificar intereses personales por el bien común.
   Lasch censura el doble discurso de la plutocracia: abnegación, austeridad y producción para el bien común...pero no para ellos, los arrogantes, sino para los demás, los desheredados. Lasch hace un canto, nada rancio, a la defensa de la vertebración nacional en base a las comunidades, las ciudades, los pueblos y las comarcas de los estados de la Unión.
   Destaca que el bien común no coincide en absoluto con los baremos liberales del mercado, que todo lo mide en beneficios y sólo admite la intervención de lo público para salvaguardar sus negocios a los que el exceso de avaricia ha puesto en peligro. Los partidos, según Lasch, tampoco representan ya a los intereses de la gente sino de las oligarquías políticas a quienes defienden.
Lasch rechaza el fracaso del sistema cooperativo, no por sí mismo, sino por tener que jugar en desventaja cuando se prima la propiedad privada anónima y los créditos bancarios a las multinacionales. Cuando impera, por encima del bien común, el beneficio privado, los proyectos económicos cooperativos sufren y sucumben a la presión del dislate denominado mercado libre.
   En el fondo, este libro nos redescubre la necesidad de desarrollar una línea de pensamiento que no se circunscribe exclusivamente a España ni se agota en pensadores de la llamada Generación del 98.
Ortega no sólo inspiró en España sino plus ultra. La vigencia de esta forma de pensar, donde se aúnan el bien común social y la educación como algo más que la enseñanza oficial, evidencia que no es una línea de pensamiento que esté sola en el Universo ni carece de allegados, de lo cual nos felicitamos.
   Lamentablemente, la edición del libro coincidió con la muerte de su autor que supo dejar tras de sí una herencia de pensamiento poco común en el mundo déspota anglosajón.
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La fe de Don Camilo

Giovanni Guareschi creó un lugar de personajes entrañables cuyo párroco era don Camilo y el alcalde, el comunista Pepón. Con ironía blanca Guareschi nos describe los avatares de un pueblo de la Baja, en Italia. El párroco, don Camilo, mantiene largas conversaciones con el Cristo del altar y alguna con la Virgencita. La fe de don Camilo no existe en tanto le hablan directamente Jesús y María. La fe de don Camilo no vale un pimiento. La fe recia es la que resiste lo que los existencialistas llamaron el silencio de Dios. La fe que cree que la ciencia cuando rectifica se acerca al Génesis. La fe del que obra pero no ve. Porque cuando veamos ya no será fe.
 
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